No hagas esto con tu pareja

La capacidad de resolver los desacuerdos es fundamental para la vida en pareja. Hay algunas creencias que son una barrera para la comunicación, y que impiden resolver los desacuerdos.

1. Existe una verdad objetiva

El término objetividad se usa para decir que algo es verdadero y que no depende del punto de vista de cada persona. Por ejemplo, la afirmación «esta página es de color blanco» debería ser aceptada como verdadera por todas las personas del mundo.

Pero en las relaciones humanas no hay objetividad. Lo que cada uno percibe de una situación no es lo mismo, sino que depende del estado emocional y de los valores personales desarrollados a lo largo de la historia de vida de cada uno.

Por esto, cuando hay una diferencia, no debemos tratarla como si fuese un asunto objetivo donde una persona tiene la verdad y la otra está «equivocada». Cada persona tiene una manera única de pensar y sentir frente a una situación. Aunque en muchos temas podemos coincidir, en los temas más personales lo más probable es que veamos las cosas de maneras bien distintas.

2. Soy un espectador de los problemas

Cuando vamos al estadio a ver un partido de fútbol, miramos las acciones desde las graderías. Nada de lo que hagamos influye en lo que ocurre en la cancha: estamos en posición de espectador.

En el mundo de las relaciones de pareja no estamos en las graderías, sino dentro de la cancha — lo que nosotros hacemos sí influye en lo que ocurre. No somos espectadores, somos actores.

Por esto, cuando abordamos un problema en la pareja, un gran desafío es hacernos esta pregunta: ¿cómo estoy influyendo yo en lo que ocurre?

Esto también nos invita a poner mucha atención a nuestra propia conducta cuando abordamos un desacuerdo, porque son muy importantes las palabras que digo y la forma en que las digo. Hay palabras que provocan efectos muy fuertes en el otro, o que transmiten una idea diferente de lo que sentimos. Pero también es muy importante la forma en que las digo: mi cara, tono de voz y gestos van a ser decisivos en cómo el otro entiende mi mensaje.

Por esto, conversar sobre los desacuerdos requiere poner lo mejor de nosotros mismos. No solo tenemos que decir lo que sentimos, sino también buscar la mejor forma de decirlo y la oportunidad para hacerlo.

3. Como… ¿no puedes leer mi pensamiento?

Muchas veces asumimos que la otra persona sabe lo que queremos y entiende lo que necesitamos. «¡Pero si se lo he dicho muchas veces!» es una frase muy común entre las parejas. Por ejemplo:

Julio: Llegué a la casa y pensé que me ibas a estar esperando para comer juntos… Ivonne: Pero yo no sabía que ibas a llegar con ganas de comer, muchas veces llegas y no quieres comer y te pones a ver tele… Julio: Pero hoy te había dicho que quizás llegaba más temprano… Ivonne: Sí, pero no entendí que era algo seguro, ni tampoco que querías que comiéramos juntos… Julio: Pero si te lo dije… Ivonne: Sí, pero no entendí que querías que te esperara para comer…

Esto podría derivar en una discusión con críticas sobre el «desinterés» que pone el otro en la relación, y la cosa podría complicarse si comienzan a aparecer «cuentas pendientes» de otros momentos de desencuentro.

Es necesario asumir que nuestras intenciones nunca son evidentes para el otro. Si no he dicho cuáles son mis intenciones, de la forma más clara posible, es muy probable que la otra persona las entienda de manera distinta. En realidad, lo normal es que el otro entienda las cosas de manera distinta.

Lo que necesitamos hacer es invertir energía en ser lo más explícitos y claros posible para compartir nuestras necesidades. Y esto no se logra de una vez: puede tomar años ir construyendo una comprensión compartida sobre cómo funcionan las cosas entre los dos.

Para cada uno de los miembros de la pareja hay cosas que parecen evidentes u obvias, pero se olvida que el otro piensa y siente de un modo distinto. Es mejor no asumir que hay cosas evidentes en lo que cada uno dice, y dedicar energía a transmitir no solo la información sobre lo que cada uno necesita, sino el sentido de por qué eso es importante.

Estas no son conversaciones a la pasada — no se trata solo de dejar la queja registrada y ya. Hay que buscar espacios y momentos donde nos aseguremos de que el otro esté abierto a comprender lo que le pedimos (esto se desarrolla más en el punto 6).

4. Si no hablo del problema, ya no hay problema

Una relación de pareja es una aventura hacia lo desconocido. Uno cree que conoce a la otra persona, pero nunca la conoce lo suficiente. Y en el camino, ambos van a atravesar territorios desconocidos, donde pueden pasar cosas imprevistas.

Construir una relación de pareja se parece a navegar, donde dos personas intentan pilotar juntas una nave por nuevos recorridos. Cada miembro de la pareja no parte de cero: tiene sus propias experiencias y valores, y por tanto su propio mapa y su propio estilo para navegar.

Por esto, cuando surgen desacuerdos fuertes y ambos sienten que están estancados, que «no están yendo para ningún lado», la mejor forma de resolverlo es bajar por un rato la velocidad de la nave, buscar una mesa suficientemente grande, y desplegar los mapas mentales y emocionales de cada uno para comprender el punto de vista del otro.

El problema es que cuando las personas se sienten ofuscadas por los desacuerdos, hacen exactamente lo contrario: en vez de compartir más para que el otro entienda mejor, comparten menos — se encierran, dejan de hablar, y a veces se quedan enojados.

Pero la única manera de avanzar en la vida de pareja es aprender a coordinarse mejor para pilotar juntos la nave. La única forma es conversar muchas veces, yendo desde lo más simple a lo más complejo, para ponerse de acuerdo en un rumbo que sea lo mejor para ambos. No el rumbo óptimo de cada uno por separado, sino el mejor para mantenerse juntos.

5. Confío en mi visión en telescopio

Siguiendo con la analogía de pilotar una nave: ¿qué pasaría si cada miembro de la pareja está mirando el mar a través de un telescopio, y ese telescopio está fijado en su propia posición? Respuesta: tenemos un tremendo problema. A ambos les será muy difícil ver el panorama completo, e incluir lo que el otro está mirando.

¿Por qué la gente asume esta visión en telescopio? Esto sucede por nuestra biología: nuestro sistema nervioso nos lleva a que, frente a situaciones amenazantes, focalicemos intensamente nuestra atención y preparemos nuestro organismo para las reacciones innatas de ataque, huida o desconexión.

Son reacciones fisiológicas generadas por ciertas hormonas (adrenalina, cortisol) que preparan al cuerpo y a la mente para pelear o huir de un estímulo percibido como una amenaza. Estas reacciones están reguladas por zonas más antiguas del cerebro (el sistema límbico), que toman predominio frente a la corteza cerebral — la zona que nos permite la reflexión y el razonamiento.

Es decir, cuando nos sentimos amenazados, focalizamos nuestra atención en una parte limitada de los temas que estamos hablando con la otra persona, y esto puede activar nuestras emociones de ataque o de huida/desconexión. Puede que haya una palabra o una frase que dijo el otro que resulta tan ofensiva o dolorosa, que dispara nuestras reacciones emocionales y comienza a centrar la discusión en ese punto.

Lamentablemente, esto es un circuito que tiende a autoperpetuarse: los miembros de la pareja intentan abordar un problema, uno de ellos dice algo (o incluso pone cierta cara) que hace que el otro se sienta criticado o desvalorizado. Frente a ese malestar, reacciona desde las respuestas innatas de ataque o de huida/desconexión, y así se entrega la señal de que hablar de estos temas deja las cosas peor. Entonces dejan de hablarse, y el malestar se va acumulando, ya sea en forma de rabia o de desconexión.

6. Saber es lo mismo que comprender

Uno puede asumir que el otro ya sabe lo que a uno no le gusta, porque se lo ha dicho muchas veces. Pero esto no es tan simple: cada «timonel» puede haber dicho muchas veces «esto no me gusta, esta ruta me molesta, esta velocidad me desagrada, tenemos poco combustible en el motor», y asumir que con eso ya quedó claro lo que cada uno siente sobre la nave y sobre el rumbo.

Cierto, uno puede decir algo muchas veces, pero eso no garantiza que haya sido comprendido. Comprender no es lo mismo que saber. Saber es tener la información — cuando se habla de estos temas y alguien señala que ya han hablado muchas veces de un problema, el otro podría responder: «sí, claro, me lo has dicho muchas veces, sé que no te gusta que yo haga tal cosa… y trato de evitarlo». Es decir, tiene la información.

Comprender, en cambio, apunta a algo más que tener la información. La palabra comprender tiene sus raíces en el vocablo latino comprehendere, compuesto por el prefijo con- («junto a») y las voces prae («antes») y hendere («atrapar» o «sujetar») — se refiere a que uno hace propia una idea que se le presenta.

¿Cómo se hace propia una idea? No hay una respuesta simple, pero sí algo claro: es imposible lograrlo en un clima emocional de confrontación.

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